Galería La Aurora 1996

Tensión de lo Misterioso 

Como gran parte del público interesado en el arte, estudioso del arte, siento un sosiego interior, aparte gustos, cuando contemplo la obra de un artista con estilo, por reconocer en su estilo al artista. Es una forma de fijarlo, de clasificarlo, a veces para toda la vida. No es un demérito en sí, siempre que ese estilo no enmascare una perversa rutina; en todo caso será una baza para la satisfacción del erudito o una pequeña vanidad en el juego de la adivinanza de firmas.

Hablando de la obra pictórica de José Lucas, la tentación de asignarle un estilo propio, a estas alturas, parecería justificada. Por una parte queda, en nuestros medios, como un halago hacia el artista en lo que supone unas señas de identidad y una insistencia en los rasgos característicos de su obra que denotan seguridad y firmeza en sus presupuestos. Por otra parte, se ofrece un cliché más o menos versátil para esa guía imaginaria de artistas que, como he señalado, tantas complacencias pueden deparar. 

Tan de cerca sigo la labor creativa de José Lucas que en mí el reconocerla puede no suponer mérito alguno. Es una pintura que me interesa por mi afinidad a su repertorio de formas rotundas, por su progresiva capacidad de sugerencias, transmitiendo sentimientos que calificaría de fuertes. El color es el protagonista, resulta evidente; pero en la buscada vorágine en que se convierte el cuadro hay un empeño en rozar lo violento, o en llegar a serlo, que implica ese riesgo que el arte ha de asumir. Además, introduce ciertas pistas que nos avisan de que allí se está contando algo. No es ese expresionismo abstracto al que tanta obra se reduce, a veces, como escape fácil, sino formas apenas familiares que nos conducen a una vigilia fantástica, definitivamente desconcertante si se atiende a los títulos. Títulos que son pura poesía para indicarnos que hemos de buscar sólo la dimensión poética de la obra.

Otras veces, en obras voluntariamente más ligeras, el color, siempre valiente, adquiere un equilibrio oriental en sus desvanecidos, dialogando con una intensa caligrafía. Es la tranquilidad del silencio en la puerta entreabierta, que contiene toda la tensión de lo misterioso.

El lenguaje empleado en ello es más que reconocible. Llegados aquí, ¿Qué nos impediría hablar de un estilo? Pues bien, decidí recientemente revisar catálogos de esta última década. Me encontré con un panorama intenso, en el que se resumía el estudio reconocible de figuras de peculiares gestos que iban progresivamente, a lo largo de los años, amalgamándose y desintegrándose en la energía del trazo y en la explosión de la materia para legarnos sólo el valor de la sugerencia.

Entre aquello y esto permanece el lenguaje: tenso hasta el estallido y voluptuoso en el color.

 Soy de los contactos privilegiados que he podido ver a José Lucas crear. Y fue con motivo de un retrato: el mío; así que resultó inevitable, dicho sea de paso. Viajaba de la minuciosidad con sentido casi provocador, a emplearse a fondo con brochas, dedos, brazos… Un cuerpo a cuerpo.                                                          

Determinados resultados requieren forma física para ir traduciendo en obra todos los impulsos que la fiebre creativa va demandando. He examinado sus murales y en cada uno se adivina la posición del artista o la posición del soporte. El giro decidido del brazo en torno al hombro, la marcha centrífuga que habla de la viscosidad y la energía. 

Cuando se trata de cartón, de hojas, el giro se traslada al codo o a la muñeca. Huye de ser un mero fragmento descolgado de obras más extensas. Es otro universo de diálogo y murmullos, no por eso menos inquietantes que aquellos gritos. Ya sabéis…, la puerta entreabierta.

Me llamó siempre la atención que siendo José Lucas libre hasta lo visceral se discipline en el soporte, en la manera de pintar. En una época en que las fronteras entre las artes resultan caducas, o cuando menos ambiguas, él acepta como un reto mantener su pintura dentro del marco clásico de lo que se entiende por pintura. Sé que mañana, si se terciase, pintaría sobre unas rocas, sobre la arena o teñiría el mismo aire. Pero es un aceptar las reglas del juego, ya que en virtud de ellas encuentra el campo común para relacionarse con los demás por medio de su obra sin otros aditivos. Creo que todo esto nos lleva, más que a un estilo, hacia una actitud que se va cristalizando en un lenguaje cada vez más depurado y plegado a sus propias exigencias artísticas.

José Lucas, como buen artista, es egoísta. Cuando está creando sólo piensa en él, sólo le preocupa la traducción del sentimiento, la concreción del sentimiento, la concreción en soledad de su propia fantasía. Quizás ese sea su estilo: el de la congelación de su imparable energía.

                                                           Juan Antonio Molina Serrano

                                                                           (Arquitecto)

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