Viento y luna

UN SUEÑO VERTICAL

(Apuntes y emociones sobre la escultura “Viento y Luna”)

Si la ciencia nos ha enseñado que la forma de la Naturaleza es el caos, quizá el espacio del arte no sea otro que el de la protesta enérgica frente a ese desorden de asombroso estímulo. El arte podría ser un afán porque ya existe a partir de lo aún no inventado. Decía Oscar Wilde que todo paisaje muestra un estado absolutamente inconcluso. Es cierto. Y gracias a esta “falta de plan”, el arte no desfallece en la decadencia de la imitación, en la rasante práctica del espejo. No. Va más allá., advirtiendo de un infinito argumento resuelto en un viaje sin distancias, perpetuo, contradictorio, a solas, en combustión. En las coordenadas de esa misma aventura, bajo el gozo de lo extremo, se levanta “Viento y luna”, la última escultura pública de José Lucas, de mi padre, advirtiendo en su emocionada metalurgia cauces nuevos de su obra.

El acero cortén oxidado y el acero en todas sus texturas han tomado vida y congruencia hasta levantarse en intensidad de luna, en todopoderosa imagen revelada en tótem e inmolada en las aguas de un misterio impalpable. Se iza la escultura como un faro sobre el lugar donde se asienta, la generosa avenida de Antonio Fuertes en el bello pueblo de Alhama de Murcia, donde el Grupo Fuertes tiene la sede de su impecable y pujante esfuerzo empresarial. Y en ese territorio impone insólitas interrogaciones, una apasionada energía provocada desde el afán de conquista de una estructura mística. Decíamos que “Viento y luna” ya es faro. Pero es, además, la irrupción de un instante inédito en el lenguaje de su creador.

Las otras aventuras escultóricas en las que ha entrado el artista no habían llegado a tan clara articulación de formas como las que aquí se encuentran en poderosa y concentrada liturgia. Por primera vez, por ejemplo, entra el color en la pieza con el protagonismo de esa bola roja, de ese sol sometido al asta de la luna, ese incendio metálico que centra la pieza y hace en ella de preciso eje para el que mira: le pone centro y aullido, complejidad, invocación y herida a la petrificación de la mañana.

Cuando uno se detiene ante esa arquitectura sideral en la que se resuelve “Viento y luna”, aprecia la salvaje obstinación del artista por transformar aquello que está en perpetuo movimiento (el tiempo, el espacio) y ponerse en paralelo a la luz rompiendo, con temperamento barroco, toda frontera, estado y condición. José Lucas se sumerge una vez más en la gruta de las revelaciones, desde el origen de la voluntad transformadora que hay en su trabajo visceral y muscular, con la sospecha de que en arte hay que poner en danza todas las zonas de la conciencia, hasta llegar al esguince del alma. El suyo es un mundo en el que la filosofía, la curiosidad científica y la poesía cohabitan y se alumbran dando paso a una dramaturgia, a una dimensión de la vida que se encuentra siempre en el lugar presente el hecho de su modernidad, pero también de su estoicismo, de su desencanto, de los principios de su libertad. Esta escultura de ahora lo confirma: es una obra enérgica y caliente nacida de lo más hondo del invierno.

Pero es al volver de nuevo la mirada a “Viento y luna”, en su armonía de fuerzas que se concretan íntimamente, cuando se aprecia cómo la escultura, en su herrería implacable, angustiosamente se levanta desde una noción de equilibrio forjado en la colisión de la experiencia y la madurez. O mejor, nacido de lo súbito, de la deriva original de la que nace toda creación hasta llegar a la firmeza. Desde las confecciones del taller hasta el vigor de su propia cosmogonía, todo pasa por un saber de los materiales, sus reacciones y comportamientos, que el artista no deja de intuir, de tantear hasta el feliz hallazgo, de investigar para lo que vendrá después. El prodigio de la luna que remata el conjunto viene dado también por las incrustaciones, módulos, apliques y formas tumultuosas que se van extendiendo por su superficie hasta salir de ella y conquistar el espacio, modificar el alrededor de la obra ampliando sus posibilidades de lectura y ensanchando el cauce de su sístole, quizá también hasta sus perturbaciones.

Toda la obra de José Lucas va adquiriendo, según anda, una más clara intensidad orgánica. De su pintura brota un panteísmo del color.

El expresionismo es su territorio feliz, pero a él llega también la raíz conquistadora de figuraciones proteicas como las series de gran formato que tituló “El retablo de la lujuria” y “Minotauro”, donde volcó toda su tradición plural para reflejar finalmente la sabiduría del oficio, penetrando y trascendiendo escuelas, desde el expresionismo a la figuración o al surrealismo, sin quedar permanentemente orientado en ninguna, sino en boga de nuevo por lo insólito, por lo auténtico, en una dimensión que es profundidad más allá del gesto.

Creo no equivocarme si afirmo que “Viento y luna”, además de una escultura, es como artefacto vivo la declaración de muchos años meditando sobre el lenguaje del arte y sus posibilidades de fuga, o sobre la obra última, pero no bravuconería. Cuando hay fondo hay emoción. Cuando hay fondo hay lenguaje y búsqueda, sobre todo búsqueda. Quizá por eso pudo decir Rilke, mirando a la poesía: “Una obra de arte es buena cuando nace de una necesidad. Es la naturaleza de su origen la que la juzga. Las obras de arte son de una infinita soledad; nada es peor que la crítica para abordarlas. “Sólo el amor las puede alcanzar, guardarlas, ser justos con ellas”. Exacto.

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