Homenaje a Luis Buñuel

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José Lucas asomado a uno de los balcones de su antiguo estudio de la calle Conde de Xiquena en Madrid. (Al fondo la Iglesia de Las Salesas).

MEDITACIÓN DE LA AZOHÍA

En alguna ocasión he escrito sobre la propiedad ignífera de la pintura de José Lucas. Si venimos del fuego, me parece que dije, tratando de significar lo que somos a partir de la naturaleza orgánica de la que procedemos. Estamos –equivalencia espacial del ser- en una permanente evocación dinámica de donde fuimos, o del donde habitamos, como una memoria activa, que se rehace a cada instante, de lo que nos posee y cómo. Como una memoria de la creación. Somos pintura, o sueño, porque provenimos, porque recordamos, porque, evocado el lugar (in) imaginable –el que sustenta el argumento de la primera imagen-, nos determina. Nos infunde la fuerza y la razón de un tránsito a este lugar. En el que estamos. Quiero decir en el que está en cuanto se contiene y representa en el cuadro, la historia de la pintura, al fin, y al otro lado del cuadro, aquí, territorio desde el que se contempla, tratando de avanzar – de precisar- un poco más en la localización. Por lo mismo, podría pensar en territorio de la localización, materia y sueño, en el que la imagen se hace ver, así pues, se sitúa, existe.

El laberinto del dragón. (Acrílico sobre lienzo) 146 x 114 cm

De un lugar a un lugar, o al lugar: he aquí los ¿límites? Que marean el trayecto. De un color a un color, o al color, en tanto que remota, pero cierta, notificación de una presencia pictórica, a su exaltación. Al valor que presume una categoría, una manera de parecer como en lo arquetípico. La metáfora es todavía distancia, como quien mira hacia allá –recordaré aquel día-, y el lugar ansiado –el mismo mar, la orilla que se continúa-, ¿es aquello Aguilas?, te dije, era filtrado por la bruma. Alegoría, noción metafórica de los colores, esto a lo que vamos, este lugar, este no límite, este espacio sin límite de la pintura, habida cuenta de lo que la sostiene –tanto da óleo como acrílico, o esta vibrante mezcla de elementos carnales que dan fortaleza al cuerpo-, esta adjetiva consideración de lo ilimitado que es el color, su metáfora, la luz. El color es la luz. De modo que de una luz a una luz, o a la luz, como reconocimiento sustantivo de lo que buscamos. Mazarrón, respondiste, poseídos por aquello y por esto, desde el vértigo de la atalaya, de La Azohía, expresión de lo inmenso, de lo que toca lo infinito, que ni empieza ni concluye ahí, el sol, en lo alto, donde el vértigo y el mar ahí, como un inmenso silencio azul y plata, y Mazarrón ahí, no sé cuántos kilómetros de costa, muchísimos, los que van de este a aquel lugar, al origen de la cultura, a Pompeya, por ejemplo, donde ya se sabía de las tierras, y las rojas almagras, y los colores de Mazarrón, aquí; el Mediterráneo, nuestra cultura, lo que pintas, José Lucas, ahí.

El amante de la gallina ciega (Acrílico sobre lienzo) 146 x 114 cm

Pero, ¿es esto sólo –cuando es tanto- lo que pintas? No es un tema de cantidad, ya sospechamos, sino de intensidad. Y de una identidad. Pintas intensamente para identificarte. Un poco en lo que nos confiere una lógica, y un mucho –sólo, tanto- en lo que nos contradice. Somos –origen, memoria, cuanto proviene- el lugar para un orden de la contradicción. De lo que se organiza, se equilibra –se relaciona-, y se anula y deroga, como el orden de lo que nace, y crece, y muere, la única lógica aparente, acaso la única real, normalizada, por lo demás, desde unos presupuestos vitales, estéticos, visualmente como contrarios. ¿Por qué es fuego lo que sucede –lo que “arde”- en el espacio que pinta José Lucas, si podría ser su signo y su significado opuestos? Es fuego el sol, el círculo incendiado desde siglos, desde el comienzo, en este pequeño, íntimo, grandioso sureste cultural que nos conforma; y ello tiene unos adecuados colores –los colores del fuego, de la combustión, gradación de los rojos y amarillos, intensidad de los blancos-, y son posiciones más frías. No tan ardientes, dijérase: los azules, los verdes, los negros. Me abraso en los incandescentes azules, verdes y negros de esta pintura. Y en esto me iluminan –como aquella antigua, radiante mañana azul que vivimos hace unos días en el Mediterráneo-, en el saber, o en el barruntar, cómo las categorías, y los dogmas, y los principios, entran en combustión –se queman-, dejando sobre la realidad, como sobre aquella mañana, la noción (in) cierta de lo que somos –además de pictóricamente-, o cuando menos, de en lo que estamos.

El transeúnte de mirada amarilla (Acrílico sobre lienzo) 146 x 114 cm

Hablo también, José Lucas, de lo que no quisiera hablar: de un punto imposible en el límite posible de la figura, la abstracción, lo surreal, lo fantástico. Quién se referirá a todo eso cuando carece de sentido. O lo tiene por lo que acabo de expresar: un color es la luz que se expande desde el tono de color hipotéticamente negador o enemigo. El color es el fuego de ese azul que nos abrasa, y el de ese amarillo como de sol en plena ignición o naranja de un astro en despedida, nostálgico, como de Mazarrón cuando atardece. Esto es por lo mismo la figura, sin ello residiera el problema. Figura es lo que amanece en el cuadro y lo que, de súbito, atardece, lo que nace y lo que muere al instante, dígase así la abstracción y de todos los desvaríos del mirar al uso. Figura es la suma –o resta- de contradicciones, de incertidumbres, de presencias,  de ausencias simultáneas que hace que todo en la agitada, o calma, superficie de un lienzo sea –la- figura. Que hace que todo en el lienzo “figura”. Adquiere imagen, imagina.

La figura es la sensación de un absoluto modelado por un conjunto de relatividades en constante ignición. La figura no existe, como no existe lo absoluto en tanto que en principio omnímodo, no sometible a revisión o crítica. O todo es pictóricamente figura, o, de hecho, a los efectos de la representación, nada lo es. Venimos del fuego, del acto mistificador del fuego, es decir, de su purificación. Todo cuanto sucede plásticamente en el cuadro sucedió alguna vez fuera de él, pero porque fue –memoria, evocación, procedencia- alguna vez, lo importante es este ser actual en el cuadro. La autonomía, la libertad conseguida en el cuadro, incluso para hacer valer, y entender,  por el contemplador la (i) lógica de sus comportamientos. Mira, Kirchner, te he dicho, José Lucas, no sé por qué, ante el incendio, el color, la luz de esos árboles, de ese gran paisaje mediterráneo, no tanto por su formato cuanto por el tamaño de unos sentimientos –en el cuadro, el cuadro siente- estéticos y éticos. Luego he sabido de tus tiempos de estudio en Alemania, y casi lo he llegado a comprender. ¿Qué pinta este incalculable trocito de sureste en un espacio emocional tan lejano? ¿Qué hacen la libertad, la imaginación, el vuelo, la luz…? Este trocito pinta, a lo mejor, aquello a lo que se aspira: el sol que parece otro sol siendo definitivamente el mismo.

Rumor oculto (Acrílico y resina sobre lienzo) 146 x 114 cm

Y, ¿únicamente esto –cuando es casi todo- es lo que pintas, José Lucas? Arrebato y contención, caos y orden, fuego y ceniza: pintas la pasión de pintar. Y en este ámbito las imágenes se extreman hasta el matiz. Lo extremo se hace sutileza, oficio de la mente que necesariamente requiere un armónico oficio del corazón, y del acto de pintar. El cuadro es el resultado de una sutilísima batalla a brazo partido entre el pintor y una deformación de inercias, sintomáticamente más poderosas cuando de lo que se trata, en toda instancia, es de alcanzar la liberación. El cuadro nace como si fuera muriendo poco a poco, urgido por una palpitación de la agonía, compulsivamente nace el cuadro, en un irresistible afán de poner y de quitar materia –todos los materiales que “pintan”-, signos, colores, luces. Más que asombrar –un espacio, un territorio, un soporte aceptable-, pintar es fecundar, y a esa como fertilización se entrega el pintor en un proceso gestual que no difiere, en el fondo, de ese que conduce a lo que germina.

Consideración de esta historia: pintar es fecundar, es decir, inspirar –inteligencia, pasión, razón de un sentimiento veraz, no (di) simulable-. Ya ves, amigo, cuánta inspiración –fuerza, trabajo, constancia- hace falta para imbuir en los demás todo esto. Qué inspirado hay que estar. A propósito: ¿existe el pintor –el “creador”- inspirado? Calidad de lo relativo, de lo dudable; esto es cosa de locos, de manera que voy a arriesgarme: existe el pintor que inspira.

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El hombre de sombra y sueño (Acrílico y resina sobre lienzo) 162 x 130 cm

MEDITATION ON LA AZOHÍA

On some occasion, I have written on the igneous quality of José Lucas’s painting. If we come from fire, I think I said, trying to mean what we are, starting with the organic nature from which we proceed. Wwe are –spatial equivalence of human beings- in a permanent dynamic evocation of where we were, or of where we lived, as an active memory, which is remade at every moment, of what possesses us and how. Like a memory of the creation. We are, painting or dream, because we come from, because we remember, because, evoked the (un) imaginable place –that which sustains the argument of the first image –we are determined. We are instilled with the force and the reason of a passage to this place. The one we are in. I mean to say the one where all that the painting contains and represents is, the story of the painting, the end, and the other side of the painting, here, the territory from where we observe, trying to advance –to fix- the situation a little more.

Canción del caballo y la mariposa (Acrílico y resina sobre lienzo) 162 x 130 cm

At the same time, we could think of the territory of the situation, material and dream, where the image can be seen, where it is situated, exists.

From one place to another or to the place: here we have –the limits?- that mark the way. From one colour to another, or the colour, however remote, but certain, the notification of the pictorial presence, to its exaltation. To the value that supposes a category, a way of seeming as in the archetypical.

The metaphor is still distance, like someone looking towards there –I will remember that day- and the desired place –the same sea, the shore that continued- Is that Aguilas? I asked, filtered by the mist. Allegory, metaphoric notion of colours, that to which we go, this place, without limits, this space withont limit in painting, having realised what supports it –it does not matter  if it is oil or this vibrant mixture of carnal elements that strengthen the body-, this adjective consideration of the unlimited that is colour, its metaphor, the light. Colour is light. Therefore from one light to another, or to the light, as substantive recognition of what we are searching for. Mazarrón, you answered, possessed by this or that, from the heights of the watchtower, from La Azohía, expression of the immense, of what touches the infinite, that neither begins nor ends there, the sun, up high, where vertigo is, and the sea there, like an inmmense silence of blue and silver, and Mazarron there, I do not know how many kilometres of coast, many, those that go from this place to that, to tres of coast, many, those that go from this place to that, to culture’s origen, to Pompea for example, where they understood carth, red oxide and the colours of Mazarrón, here. The Mediterranean, our culture, what you paint, José Lucas, there.

But is it only that –being so much- what you paint? It is not a question of quantity, as we have already suspected, but of intensity. And of identity. You paint  intensely  to identify yourself. A little in that which concedes us a logie, and a lot –so much- in that which contradicts us. We are –origin, memory, all that comes to us- a place for an order of contradiction. Of  what is organized, balanced –related-, and is annuled and cancelled, like the order of what is born, and grows and dies, the only apparent logic, maybe the only real one, standardized, for the rest,  from the vital and aesthetic standpoint, visually as contraries, Why is it fire that happens, that burns, in the space which José Lucas paints, if their sign and meaning could be opposites? The sun is fire, the circle set on fire for centuries, since the begining, in this small, intimate, marvelous cultural southeast that shapes us. And it has adequate colours, the colours of fire, of combustion, grades of reds and yellows, the intensity of the whites, and the colours that spring from colder positions are also fire. Not so ardent we could say: the blues, greens, the blacks of this painting. And I am illuminated by this –like that old, radiant blue morning that we lived a few days ago by the Mediterranean- in knowing, feeling, like categories and dogmas and principiples burn, leaving the (un) certain notion on reality, just like on that morning, of what we are –besides pictorically- or at least, of where we are at.

El exvoto (Acrílico sobre lienzo) 146 x 114 cm

I am also talking, José Lucas, about what I did not want to talk about: of an immpossible point on the possible limit of the figure, the abstraction, surrealism, fantastic. Who would refer to all that when it does make any sense. Or it is understood by what I have justed stated: a colour is the light that expands from the tone of colour hypothetically negative or enemy. The colour is the fire of that blue which burns us, and of that yellow like the sun burning or the orange of a star saying goodbye, nostalgic, like Mazarrón at sunset. For the same thing this is the figure, if that is where the problem lies. Figure is what dawns in the painting and what, suddenley, sets, what, is born and dies instantly, saying this of abstraction and all the strange ways of looking in vogue. Figure is the sum –or subtraction- of contradictions, incertainties, presences, simultaneous absences that makes all in the agitated or calm surface of the canvas “figure”. It acquires image, it imagines. The figure is the sensation of an absolute molded by a group of relativities in constant ignition. The figure does not exist, just as the absolute does not exist in the sense of unique principle, immpossible to revise or criticies. Either everything is pictorically figure, or, really for the effects of representation nothing is. We come from fire, from the mixing action of fire, that is from its purification. All that happens pictorically in the painting once took place outside of it, but because it was –memory, evocation, source once, the most important is this actual being in the painting. The autonomy, freedom obtained in the painting, even to sustain, and aunderstand, by the spectator the (il) logic of his behaviour. Look at Kirchner, I have said to you José Lucas; I do not know why, facing fire, colour, the light of those trees, of that great Mediterranean landscape, not so much for its format but for the size of its feelings –in the painting, the painting feels, aesthetically and etically-. Later I have learnt something about the time in his studio in Germany and I have nearly come to understand it. What is that little piece of the southeast doing in such an emotionally distant space? What is the imagination, flight, light doing there…? Maybe this little piece represents that wich is aspired: the sun seems another sun being definitely the some one.

El incrédulo pájaro del limonero (Acrílico sobre lienzo) 146 x 114 cm

And, just this, being nearly everything, is what you paint José Lucas? Fury and control, chaos and order, fire and ash: you paint the passion of painting. And in this area the images become extreme even in the subtlies. The extreme becomes subtly, work of the mind that necessarily requires the harmony of the heart, and the act of painting. The painting in the result of a subtle tug –of- war between the painter and a deformation of inertias, resistances, symptomatically more powerful dealing with what it does at every moment, reaching liberation. The painting is born as if it were dying little by little, urged on by a palpitation of agony, compulsively, the painting is born, in an irresistable desire  to use ans to take out material –all those materials that “paint”- sings, colours, lights. More than surprise -a space, a territory, an acceptable surface- to paint is to fertilize, and to this fertilization, the painter devotes himself in a gestual process that is no different basically, to that which leads to what is germinated.

A consideration from this story: to paint is to fertilize, that is, inspire intelligence, passion, reason for a real feeling, not possible to (dis) simulate. Now you can see my friend, how much inspiration –strength, work, stamina, is neccesary to convey all this  to others. How inspired he has to be. By the way –does the inspired painter, creator exist? A quality of the relative, the questionable; this is for mad people, so I am going to take a risk: the painter who inspires exists.

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La claridad del silencio (Acrílico sobre lienzo) 146 x 114 cm

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